Universos paralelos, eficacia del Estado y caudillismo

(La Nación, 26/11/2011)

El Estado es la suma de (i) pueblo; (ii) gobierno, dividido en tres poderes (Art. 9, Const.Pol.); y (iii) territorio. Tiene sentido cuando la riqueza derivada de la explotación de los recursos materiales y de las relaciones sociales —producción de bienes y servicios—, es distribuida por el gobierno para que cada ciudadano viva con libertad, dignidad, decoro y oportunidades de superación. Los discursos de todas las ideologías políticas coinciden en esos objetivos del pacto social; hay acuerdo en el qué, las diferencias radican en el cómo.
A la derecha, el capitalismo suprime cualquier injerencia estatal en la política y en la economía, mientras a la izquierda el Estado dirige y controla los dos planos. El centro se decanta por la libertad política, con matices en lo económico: el centro-derecha prefiere una intervención estatal mínima y el centro-izquierda mayor injerencia sin llegar al totalitarismo. En alguna de esas posiciones se ubican los distintos sectores sociales, cada uno con sus propios objetivos: sociedad civil en procura de mejor distribución de la riqueza, y empresa privada en busca del menor costo y la mayor rentabilidad.
El gobierno debe traducir esa colisión de intereses en soluciones y dirigir la economía a generar el máximo bienestar individual. En palabras de Stiglitz: «[…] Los recursos son escasos, y el papel del gobierno consiste en hacer que la economía sea eficiente, y en ayudar a los pobres y a aquellos que no pueden abrirse camino por sí mismos […]». Así lo prevé nuestra Constitución Política: «El Estado procurará el mayor bienestar a todos los habitantes del país, organizando y estimulando la producción y el más adecuado reparto de la riqueza» (Art. 50).
La acción política que satisfaga intereses de la sociedad civil y de la empresa privada podría ser representada con círculos secantes, de modo que cuanto mayor sea el área de intersección así de buena será la acción política y el progreso social. Pero el adecuado accionar político se desnaturaliza cuando los poderes ejecutivo y legislativo no logran equilibrar los intereses de la sociedad civil y de la empresa privada. Esa distorsión impide gobernar para todos y crear oportunidades individuales de ascenso social; entonces los intereses de cada sector se concentran en su espacio, produciendo universos paralelos que llevan al conflicto social.
En ese entendimiento, bajo la estructura de división de poderes está fuera de lugar referir «un liderazgo político», pues el poder desagregado en distintos órganos hace que gobernar consista en la suma de responsabilidades. Hablar de liderazgo compartido pareciera lo correcto. El pacto social se cumple cuando se generan acuerdos y se construyen alianzas transparentes y efectivas. Por el contrario, abandonar la búsqueda del equilibrio entre sectores crea universos paralelos y arriesga los fines del Estado.
Uno de los mayores peligros de los universos paralelos —demostrado está con la experiencia en otros Estados— es el surgimiento de figuras contra-democráticas, populistas, que acceden al poder con el voto de pueblos agotados por el estancamiento del gobierno. Los resultados de este populismo han sido nefastos, por el abuso, la corrupción galopante, la persecución a la prensa, la manipulación institucional, la generación de pobreza y la supresión de libertades individuales. ¿La causa? Una vez en el poder esos actores mesiánicos se transformaron en «caudillos democráticos» —según los define Volpi—, caracterizados por el culto a su personalidad, la tentación de perpetuarse en el poder a través del control de la sucesión presidencial y la intolerancia a la crítica. En los años 70 alguno de ellos vio su momento de llegar a la presidencia sobre un cuadrúpedo, oportunidad aprovechada por el pueblo para reír y demostrar su madurez política. La interrogante de hoy es si el electorado tendrá la misma madurez para distinguir y descartar la oferta caudillista que podría presentarse al próximo proceso electoral.

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