¿Fin de las ideologías y del capitalismo?

(La Nación, 02/01/2010)

Toda relación humana implica conflicto, en cuanto se contraponen intereses individuales o de grupo, de modo que una parte gana y otra pierde (Sun Tzu). Así, desde lo más simple como la amistad o el matrimonio, hasta lo más complejo como las relaciones internacionales: el conflicto, o se resuelve mediante negociación tácita o expresa, o continúa con ruptura o guerra.

En las relaciones económicas ha sido igual: el enfrentamiento permanente entre los que más tienen y los que menos tienen. Alguien, cuya identidad no conocemos, en algún lugar y tiempo no precisos, se preguntó por qué era esclavo y con su trabajo enriquecía a otro. Surgió entonces la lucha por la libertad y por la igualdad que ha durado hasta nuestros días.

Producto de esto han sido las revoluciones. Algunos de sus dirigentes basaron su lucha en una determinada doctrina. Pero las motivaciones de los pueblos para alzarse, tienen su causa en la desigualdad, en la falta de oportunidades para el desarrollo pleno de las personas, pero sobre todo en los platos vacíos. El liberalismo no reclutó a las masas para la Revolución Francesa (1789), como tampoco la dialéctica marxista levantó a la mayoría en la Revolución Rusa (1917). Los insurgentes, analfabetos y neófitos en política, siguieron a quien les ofreció un cambio económico sin importar su ideología.

Confrontación ideológica. Pero es innegable que entre el final de la II Guerra Mundial (1945) y la caída del Muro de Berlín (1989), período conocido como Guerra Fría, la pugna entre el capitalismo de Washington y el comunismo de Moscú por el dominio del mundo, fue un conflicto ideológico que, en muchos casos, derivó a enfrentamientos bélicos. El desarrollo de doctrina política y enorme producción editorial, protestas universitarias, gran actividad sindical y manifestaciones campesinas, evidenciaron la confrontación ideológica.

Las guerras de Vietnam y Corea, las revoluciones cubana y sandinista, los golpes y dictaduras militares, los desaparecidos y la tortura, así como la guerrilla en distintos escenarios del planeta, no fueron más que el conflicto armado derecha-izquierda. La Guerra Fría fue caliente.

Gobiernos con ideologías de centro, lograron desarrollo institucional y de la clase media, al tiempo de salvarse de las consecuencias bélicas de la Guerra Fría.

La caída del Muro de Berlín marcó el final del comunismo, consecuencia clara de la falsedad de sus cimientos. Los gobiernos comunistas fueron tan totalitarios y autoritarios –con regulación absoluta de la economía-, como desinteresados por el desarrollo humano. Solo así se explica su fracaso.

Sobre los escombros del muro, los capitalistas vieron el final de la izquierda y del centro, así como la oportunidad para extenderse a todo el planeta con un pensamiento único sin lugar a otras ideologías (Azua). Muchos dirigentes de izquierda y de centro, renunciaron a su pensamiento político y trataron de ocupar un nuevo lugar (Volpi).

Ni las penurias de Asia (1997) y Colombia (1999) cuando reventaron las burbujas financieras, ni la triste imagen del corralito en Argentina (2001), fueron suficientes para motivar a otros países a exigir límites razonables a las nuevas formas económicas y financieras.

Bajo la premisa de la autorregulación del mercado, tratados de libre comercio (desregulado) fueron “negociados” con los EE.UU.; todo, con el autoritarismo del pensamiento único (Werner-Weiss) y la indiferencia al tema del desarrollo humano. Se creyó en la muerte de la derecha y la izquierda, para dar paso a los países globalizados y los países aislacionistas (Oppenheimer).

El resultado de la falta de regulación, fue la quiebra de la economía de los EE.UU. y el efecto dominó sobre otros países. Algunos hijos pródigos celebraron el fin del capitalismo; no obstante, fue una ilusión óptica: solo cayó el fundamentalismo de mercado, la ideología de los mercados libres y de la liberalización financiera (Stiglitz).

Para salvar su economía el gobierno estadounidense la intervino, inyectó capital a la banca y a la industria, demostrando la falsedad de la premisa de la autorregulación del mercado (Sarmiento Palacio). Este no se limita solo: debe imponérsele reglas mínimas para evitar el desborde, impedir el auge de la pobreza y abrir oportunidades de desarrollo para todas y todos.

Peligrosos extremos. La regulación total o la liberación absoluta del mercado, conducen al empobrecimiento de las personas y de los países, a la reducción del consumo, a la quiebra de bancos y otras actividades comerciales. Cualquiera de esas posiciones, combinadas con autoritarismo e intolerancia, llevan a la ruina.

La enseñanza más valiosa es la necesidad del equilibrio: libre comercio regulado e ideologías contrapuestas. Resurgirán capitalismo e ideologías. Aquel, sin autoritarismo ni intolerancia, sino rediseñado y regulado por el Estado; y estas, sin aspiraciones dictatoriales.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: