La independencia del juez

(La Nación, 20/05/2002)

No he podido determinar si es un hecho histórico o una simple leyenda, el pasaje del Káiser y el molinero: Un día que paseaba por el campo, al Káiser le gustó un molino a tal punto que llamó al propietario y le propuso comprarlo.
El molinero rechazó la oferta, ante lo cual el Káiser lo conminó a que aceptara; pero, como el humilde propietario otra vez contestó negativamente, el Káiser le advirtió que tenía dos opciones: venderle el molino o se lo quitaría por la fuerza. Ante la amenaza, el campesino respondió: “Eso sería cierto si no hubiera jueces en Berlín”.
Verdad o fantasía, las palabras del molinero dan con la naturaleza de la independencia judicial: es una garantía para los ciudadanos. Seguro del poder de los tribunales frente a los otros poderes del Estado, el humilde súbdito supo que ante el anunciado abuso del soberano, llegado el momento, los jueces pondrían freno a la agresión y le devolverían el molino.
Ningún estado es democrático si no cuenta con jueces independientes. Esto significa que cualquier ciudadano, por humilde que sea, debe tener la confianza de pedir justicia ante los tribunales, con la seguridad de que el juez ante quien habla no resolverá atendiendo a fuerzas ajenas al proceso. Nada se logra argumentando ante un juez si finalmente decidirá de acuerdo con las órdenes de otro porque serán siempre los poderosos quienes alcanzarán el triunfo debido a sus influencias.
El régimen de los jueces (objetividad en el nombramiento y ascensos, inamovilidad en el cargo, igualdad e irreductibilidad salarial, inmunidad funcional, etc.) es un costo propio de la dinámica de un país democrático, donde la igualdad ante la ley juega para ricos y pobres, para poderosos y humildes. Los jueces deben tener verdadero poder para enfrentar a otros poderes porque solo así se garantiza a los más débiles.
Si bien Costa Rica todavía debe mejorar el régimen de los jueces para lograr la independencia ideal, es un hecho que tenemos un sistema muy superior al de muchos países, por lo que ahora, cuando soplan vientos de reforma –de la necesaria reforma–, ha de tenerse cuidado de generar fortalezas en vez de producir debilidades. No debe actuarse a la ligera porque el tema es delicado. El cambio del Poder Judicial debe tomarse con la normalidad con que un estado democrático remoza sus instituciones, pero no sobran cautela y prudencia.
Recordemos que la actividad del juez es solitaria y, muchas veces, incomprendida. Algunas absolutorias dejan un mal sabor en el pueblo, pero a la larga son correctas. Haber cedido a la presión pública para condenar en el caso de la Virgen de los Ángeles y en el del crimen de Colima no solo hizo víctimas a los condenados, quienes después de muchos años fueron absueltos en revisión por la Sala Tercera de la Corte Suprema (¿ya para qué?), también nos hace víctimas potenciales a nosotros pues podríamos sufrir injusticias si no somos juzgados por tribunales independientes.
¿En cuántos países de Latinoamérica podrá el humilde, el discriminado o el indígena responder a un militar o a un político en los términos en que lo hizo el molinero? ¿Queremos ser capítulo aparte o latinoamericanizar nuestro sistema judicial?
La reforma debe ser cauta, prudente y con miras a fortalecer la democracia.

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