El (infra) mundo de la prisión

(La Nación, 01/03/2012)
La verdad acerca del origen del incendio ocurrido el 15 de febrero de 2012 en la Granja Penal de Comayagua, Honduras, es una preocupación que no debe archivarse sin más. Si la pérdida de una vida se hubiera traducido en una noticia singular, 358 muertes urgen de nuestras autoridades un diagnóstico y, de ser el caso, tomar medidas preventivas. Cuando el 16 de octubre de 1996 sobrevino la tragedia del Estadio Mateo Flores de Guatemala, donde fallecieron 84 personas, las autoridades costarricenses no tardaron en examinar nuestros estadios para exigir, entre otros, rutas de evacuación para prevenir una desgracia similar. Las víctimas en la prisión hondureña eran reclusos, condición que no nos releva de proceder como cuando los ofendidos fueron aficionados al fútbol; eran seres humanos y eso debe bastar. El Estado es garante de la vida e integridad de todos los ciudadanos, deber que acrece cuando estos se encuentran bajo encierro institucional.
El hecho trajo a mi memoria, entre otras, la carta del médico y dramaturgo ruso Anton P. Chéjov, escrita el 9 de marzo de 1890, después de más de diez mil entrevistas a los reclusos de la isla penitenciaria de Sajalín: “[…] hemos hecho que millones de hombres se pudran en prisión; hemos dejado que se pudran sin razón alguna, sin criterio, de un modo bárbaro; les hemos obligado a recorrer miles de verstas en medio del frío, encadenados; les hemos contagiado la sífilis, los hemos corrompido, hemos multiplicado la delincuencia […]” (Carta a Alekséi Suvorin). Como colectividad los rusos habían perdido la capacidad de resolver, por lo menos, sus problemas carcelarios.
La distancia espacio temporal no debe llevarnos a engaño. Si bien nuestras prisiones del S. XXI no llegan a los extremos históricos señalados por Chéjov ni tienen los problemas actuales de otros países cercanos a Costa Rica, la verdad es que las últimas manifestaciones de violencia intracarcelaria son una alerta insoslayable. Nadie puede negar que la prisión tenga carácter aflictivo, ni que sea el destino de quienes cometan delito; pero la sociedad debe atender el fenómeno sin perder la dignidad colectiva, no puede dar espacio a un mundo de tinieblas donde impere el dolor y el sufrimiento. Aislar al condenado no se reduce a la simple exclusión sin propósito; todo lo contrario, la prisión tiene la finalidad de hacer del recluso una persona capaz de vivir en la sociedad sin reincidir.
¿Estaremos cumpliendo esta premisa, o por el contrario nuestras omisiones han creado un infierno que terminará exhibiéndonos ante el mundo como pasó con Honduras? Habrá quienes celebren la tragedia de Comayagua y hasta la justifiquen, pero es claro que de personas así no surgió nuestra vocación democrática.

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